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La relación madre-hija. Parte II

Número 89 / Octubre de 2009
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Gabriela Plavnick

La relación madre-hija II

Ver La relación madre-hija. Parte I

 

LAS DIFERENTES POSIBILIDADES EN LA RELACIÓN MADRE-HIJA

Si la niña es tomada por la madre en la dialéctica del amor, entonces esa niña será para la madre un partenaire de la palabra de amor, esto significa que será tomada como otro, a quien la madre se dirige y de quien la madre espera que continúe el discurso amoroso.

Recordemos que la parte del goce femenino que está por fuera de la Función Fálica, se encuentra enraizado en la palabra y especialmente la palabra de amor, por lo que siendo la madre una mujer, el modo de relación con su hija tomada como partenaire del amor implicará para esa mujer, madre, una satisfacción.

De esta forma la niña como objeto es tomada dentro de la metáfora del amor, que es lo mismo que la metáfora Fálica que hace de ella un sustituto del falo que falta a la madre y un símbolo del don del padre.

Aquí estaríamos dentro del discurso socialmente aceptado, según el cual los hijos tienen un valor especial para sus padres y por este motivo los padres cuidan amorosamente y protegen a sus hijos.

Necesitamos preguntarnos en qué condiciones una hija podría caer por fuera del discurso amoroso de la madre y entonces no lograría ser ubicada como objeto dentro de la metáfora del amor y por lo tanto sin valor fálico para la madre o por fuera de éste.

Recordemos que desde el seminario cuatro Lacan es contundente al decir que el objeto sólo encuentra su lugar adecuado si se ordena de acuerdo con la Función de la Castración.

Recordemos también que la castración para la mujer conlleva dificultades específicas.

Desde las articulaciones freudianas, es sabido que para el niño varón, su posibilidad de desasirse del primer objeto, la madre, se encuentra enmarcada dentro del complejo de Edipo y su propia confrontación con la Angustia de Castración. Recorrido que al hacerlo le permite asumir el Ideal paterno, dejando en suspenso hasta la adolescencia la satisfacción genital de la pulsión.

Para la niña, en sus dos artículos “La sexualidad femenina” y “La feminidad” Freud plantea la pregunta: ¿qué es lo que hará que la niña se vea obligada a desasirse de su ligazón-madre?

Juan Carlos Indart decía en una conferencia en San Luis un 24 de abril del año 1999, “El Edipo es una historia de quien la tiene, te la corto o no te la corto, pero para ellas, es como si dijera: es una fiesta que no me corresponde, entonces hay que invitarlas…”

El ingreso al Edipo, para la niña, se produce luego de una época en la que ha intentado por todos los medios mostrar su rebelión hacia la madre, haciéndola responsable de lo que como Otro no le ha dado. Este primer momento implica, dentro del campo imaginario, que la niña le sigue adjudicando a ese Otro toda la omnipotencia de lo que puede dar o quitar.

Así para Freud, la salida posible se plantea una vez atravesado el período en el cual la niña agota las recriminaciones hacia la madre como por ejemplo no haberla nutrido suficientemente o haberla hecho incompleta y logra situar en el padre el lugar de donde podrá recibir el don, quedando el deseo de pene en suspenso, para ser sustituido más adelante por el deseo de un hijo.

En Lacan nos encontramos con el planteo de que la niña entra al Edipo por la castración, quedando identificada al agente de la misma sin necesidad de pasar a través de la batalla en la que se juega o él o yo, como lo hace el varón.

La niña queda ubicada en referencia a ese significante, agente de la castración, lo que le permite pedirle, quejarse, reprocharle, pero que no lo asume, al decir de Lacan “…permanece ahí como pez en el agua…”.

Estos últimos datos entrecruzados de los diferentes autores, permiten plantear que para que una niña no logre ser ubicada en el lugar de la metáfora fálica, que abriría la posibilidad del amor, lo que probablemente haya ocurrido es que la madre de la niña de ahora, cuando era niña no haya logrado atravesar ese período pre-edípico, quedando el recorrido atascado en las recriminaciones a la madre. Esperando que su madre le diera lo que le falta.

Nos preguntamos qué pasaría si en esta etapa, la respuesta de la madre fuese no te doy lo que pedís porque no quiero o no te doy lo que pedís porque no te lo mereces. En el primer caso el efecto en la hija sería: lo tiene y no me da, por lo tanto no me ama. Mientras que en el segundo sería: lo tiene y no me da porque soy culpable.

Estas dos vertientes son diametralmente opuestas a una respuesta que tuviera que ver con la metáfora del amor para la cual Lacan planteaba: “amar es dar lo que no se tiene a quién no lo es”.

Así esta madre de hoy no puede reconocer en su hija ningún valor fálico, de la misma manera que la madre de la madre (abuela), no reconoció en su hija, actualmente madre ningún valor fálico.

No pudiendo situar en su hija ningún sustituto que apacigüe su privación, ya que no hubo elaboración de la castración ni se logró situar al padre como lugar del don.

Es así que sin valor fálico, la niña es situada por su madre como objeto pulsional desligado de la castración.

Tomando la hija el valor de aquello que fue para aquella niña del pasado convertida hoy en madre, la expresión de su relación con su propia madre.

La madre reproduce con su hija “…las relaciones libidinales de la niña a la madre” –Freud: La Feminidad.

Si la niña toma tal valor de lo que fue la expresión de las relaciones libidinales de la madre hacia su propia madre, podemos plantear un abanico de opciones tan variadas como fantasmas puedan construirse.

La que no sabe nada, la que es buena para nada, la tonta, la loca, la insoportable, la mala, la desubicada, sostén para mi vejez, etc.

Todo estará estructurado en función del goce que sustituyó a la respuesta de amor.

Todo penderá del hilo en el cual dicha niña pueda ubicarse en referencia a ese objeto que circula de madre a hija.

Cuanto más cerca se ubique, más aceptada estará la hija, más goce de la madre estará asegurado, menos subsistencia en el deseo y el amor para la hija.

Cuanto más lejos de dicho objeto se ubique la hija, menos goce para la madre y aunque habrá más posibilidades para la hija de subsistencia en el deseo y el amor, tendrá que soportar los embates de la agresividad de una madre por haberle sido devuelto o reintegrado ese objeto pulsional.

Lacan lo escribe así en L’ Etourdit:

“…contrasta dolorosamente con el estrago que en la mujer, en la mayoría, es la relación con la madre, de la cual parece esperar en tanto mujer más subsistencia que del padre. Lo que no pega con su ser segundo en ese estrago…”

Podríamos decir que si la abuela ya era una estragada es probable que en la siguiente generación, la hija, haya recibido en segundo lugar ese estrago.

 

Bibliografía:

-S. Freud: Sobre la sexualidad femenina

-S. Freud: La femineidad

-S. Freud: La organización genital infantil

-J. Lacan: Seminario IV: Las relaciones de objeto

-J. Lacan: Lètourdit

-J. Lacan: Seminario XVII: El reverso del psicoanálisis

-J. Lacan: Seminario XX: Aún

-J. Lacan: Dos notas sobre el niño

-J. A. Miller: El partenaire síntoma