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La interpretación psicoanalítica y su validación

Número 97 / Junio de 2011
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Alejandro Del Carril

La interpretación psicoanalítica y su validación

La interpretación es una de las herramientas fundamentales del psicoanálisis. En un primer momento Freud creía que el analista debía deducir la verdad que portaba el síntoma y comunicársela al paciente para que éste luego se las arreglara con dicha verdad. No tardó en advertir que la simplicidad del método así planteado no daba buenos resultados y comenzó a prestar mayor atención a lo que sucedía en y con la transferencia para apreciar el momento indicado para producir la interpretación y que está pudiera ser escuchada, es decir, que produjera efectos curativos.

Entre otros, Winnicott hizo hincapié en que la interpretación debía ser comunicada al paciente cuando éste se hallara casi a punto de descubrirla. Los ingleses llaman timing a la capacidad para apreciar el momento justo en que se debe hacer algo.

Lacan, por otro lado, desplegó la lógica temporal para la subjetivación de deseos y goces. Ubicó así el instante de ver, el tiempo de comprender y el momento de concluir. El instante de ver es el encuentro con lo enigmático del síntoma, aquello que perturba el sentido, que se vive como extraño. El tiempo de comprender es aquel en el cual el síntoma como nudo significante va a comenzar a desplegarse, poniendo en juego las cadenas asociativas que lo conforman. Este desarrollo es posible gracias a la ilusión de que en determinado momento se llegará a comprender, ilusión de la conciencia que cree que alguna vez reinó y podrá volver a hacerlo algún día. El momento de concluir es aquel en que la precipitación significante lleva al sujeto del inconciente a pasar al acto, en base a cierta conjetura significante, advertido de que el momento de comprender no llegará nunca y que el hecho de continuar el desarrollo simbólico de la cadena significante conduce a esterilizar la misma, es decir, que se puede convertir en un puro blablá sin consecuencia alguna.

También hizo hincapié Lacan en que para interpretar las “profundidades” del inconciente había que trabajar pegado a la superficie discursiva. Los deseos y goces inconcientes se captan leyendo de otro modo la superficie significante del discurso. De esta manera resulta más factible evitar las interpretaciones prejuiciosas y los clichés interpretativos.

Para eso el analista debe poder diagnosticar a lo largo del tratamiento de cada paciente la relación que éste tiene con el discurso hablado y actuado. A mi juicio esto es mucho más importante que el diagnóstico psicopatológico que más bien ayuda a consolidar prejuicios. Sergio Rodríguez, leyendo a Lacan, plantea en este sentido que la transferencia se puede dar con mayor preponderancia al signo o al significante. En la primera el paciente tiende a darle al discurso un significado con mucha pregnancia. El sin-sentido del significante queda oculto y se trata al mismo como etiqueta de la cosa, tiene un solo sentido. Esto consolida el imaginario de la persona que lo enuncia. Por eso Lacan definía al signo como lo que representa algo para alguien. Sujeto y objeto allí se definen recíprocamente, por identificación. Allí suelen asentarse los rasgos de carácter. También detrás de esta fuerte significación puede estar oculta la debilidad de la cadena significante, por lo que tensar a la misma puede conducir a despertar las mayores resistencias al análisis que se manifiestan mediante enojos, interrupciones de tratamientos, desconfianza, angustia desbordante y en los casos extremos, brotes y/o pasajes al acto, incluido suicidios.

En la transferencia al significante la significación se desliza por la cadena significante abriéndose la misma al despliegue de su plurisemia. Allí la interpretación al operar por medio de la retrosignificación metonímica y la sustitución metafórica permite ir modificando el imaginario del analizante y sus modalidades de goce que se encuentran anudadas en los tres registros: real, simbólico e imaginario. El sujeto allí no existe como un apriori sino que se constituye como efecto del discurso. Lacan definía al significante como lo que representa al sujeto para otro significante. Es el efecto de corte que se da entre un significante y otro por lo que para producirse, a diferencia del signo, debe producir una vacilación en la consistencia imaginaria. El tratamiento analítico tiende, en la medida de lo posible a convertir signos en significantes, como modo de ir simbolizando lo real y transformando el imaginario, es decir, construyendo una realidad más acorde con el sostenimiento del deseo inconciente y los goces más genuinos del analizante. Esta transformación del sentido de la realidad es posible gracias al sin-sentido fundamental de los significantes que la conforman. El paso de un sentido a otro se realiza a través de este sin-sentido. Por eso Lacan dice que “El objetivo de la interpretación no es tanto el sentido sino la reducción de los significantes a su sin-sentido para así encontrar los determinantes de toda conducta del sujeto”[1].

Ahora si los significante están abiertos a la plurisemia ¿cómo saber que una interpretación es correcta? Estando atento al contexto discursivo balizado por las formaciones del inconciente que se producen en las fallas gramaticales, homofónicas y lógicas del discurso y por los efectos que se producen en el a posteriori de la interpretación, tanto inmediatos como mediatos, en la transferencia como en la vida del paciente por fuera del análisis. Esto último, como lo señalaba Ferenczi, es de mayor importancia, ya que la satisfacción que la transferencia le brinda al paciente podría llevarlo a no querer modificar nada de su vida para seguir gozando en la burbuja imaginaria transferencial.

Una señora jubilada, viuda hace unos cuantos años y con algunas enfermedades corporales que la tienen a maltraer comenta que suele soñar con víboras y arañas. También refiere que durante un tratamiento analítico anterior se había pasado mucho tiempo tirada en el diván mirando una mancha de humedad en el techo. No asociaba nada respecto del sueño, quedaba en silencio. Le interpreto que si la víbora es el pene y la araña la vagina, la humedad tiene que ser el coito. Que tiene deseos sexuales en particular y en general deseos de gozar más placenteramente de su cuerpo, del que en la actualidad solo goza sufriendo.

Me contesta que estoy equivocado, que de ninguna manera ella tiene deseos sexuales aunque hayan pasado muchos años sin ninguna alegría en dicho terreno.

Resulta que la mujer se encuentra viviendo en la provincia de Buenos Aires, en la casa que construyó con su marido y en la que vivieron junto a sus hijos. Actualmente dicha casa le queda grande, le da mucho trabajo mantenerla en condiciones. Además como su hija más querida vive en capital está pensando en mudarse. Le ha dado la casa a una inmobiliaria bastante ineficaz aunque hay otra en la zona que es mejor. Evidentemente no se decide del todo a mudarse, la venta de la casa le hace síntoma.

A la siguiente sesión recuerda que un día el marido le dijo: “Te voy a hacer el amor hasta los noventa”.

Intervengo señalando que “no-venta” hace referencia a su dificultad para vender la casa, que evidentemente está erotizada por haber sido el “nido de amor” de la pareja y de la familia. Que la negativa a venderla es un acto de fidelidad al marido, de cuyo fallecimiento aún se encuentra en duelo.

Podemos localizar el efecto discursivo que se da de una sesión a otra: la interpretación del sueño dispara el recuerdo de la frase erótica del marido que se enlaza al síntoma, su dificultad para vender la casa. La interpretación de la frase y la continuación del análisis produce que al poco tiempo la señora cambie de inmobiliaria, firme un boleto de compra-venta por la casa y señe un departamento conveniente en capital.

 

 

 

 

 



[1] Lacan, Jacques. Seminario 11. Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis.