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la frontera del horror
Por: Nélida Halfon (autores@psyche-navegante.com)
Parece más bien tratarse de esto último. Es un sueño traumático. El día anterior a esta serie supo de alguien que "estaba muerto pero que no estaba muerto", o más bien que "no estaba muerto, pero que sí lo estaba". El resto diurno, entonces, remite a alguien que, estando clínicamente muerto, no es del todo considerado como tal ya que permanece conectado a los aparatos que garantizan la viabilidad del transplante de órganos en caso de que esta decisión sea tomada. Confluyen en esta situación ciertas peculiaridades actuales en torno a la determinación del momento de la muerte de un individuo. El impresionante avance tecnológico en el campo de la ciencia, en este caso de la ciencia médica, nos enfrenta hoy con problemas inéditos hasta hace poco tiempo, no sólo en cuanto a las posibilidades de engendrar vida, sino también en torno a la manipulación de ésta cuando la muerte aparece como inevitable. Muchas veces se dice que el yo de un sujeto queda a la zaga respecto del movimiento global del aparato. Inversamente a esto, en la situación antes mencionada, el yo - aunque no sepa lo que dice - va al frente en la respuesta. Me pregunto, entonces: ¿qué viraje subjetivo se requiere para abordar este nuevo campo límite que desdibuja los bordes entre vida y muerte y produce, en ese intersticio, inmixiones insospechadas? Dicho de otro modo, cómo y cuándo se determina la muerte cuando el aparataje computarizado muerde en un cuerpo. A este respecto, y en el campo recortado de los pacientes moribundos y sus deudos, hay una pregunta a efectuar respecto de los límites éticos de la medicina. Allí, tanto los apresuramientos como las postergaciones de la muerte hallan su lugar. Pero, ¿qué pasa con la subjetividad en juego? Diversas situaciones de las que tuve conocimiento en los últimos tiempos me promovieron ciertas reflexiones que se enmarcan dentro de esta pregunta. Interrogué a un médico que trabaja con pacientes terminales: si se transplantan hígado, riñón, pulmón, etc., en referencia a los órganos no visibles, pero también piel, hueso, córneas, esos otros elementos del cuerpo que forman parte de la imagen del mismo, si todo eso se transplanta, ¿qué se entierra? ¿Qué queda del cuerpo del donante? Me contestó : - "quedan los restos". Pero, ¿qué son los restos? Una primer respuesta, siguiendo esta línea de razonamiento, sería: lo que queda después de donar lo que sirve. No nos sirve. Otra respuesta del mismo orden: es todo aquello que en nada modifica el hecho de la muerte. Esto es verdad con respecto a la "muerte en sí". Pero para quien entierra un cuerpo con historia, con nombre y apellido, con un universo de sentimientos en juego, se torna importante enterrar "un cuerpo" con el pleno sentido en que su imagen lo sostiene. Aunque no se trata sólo de la imagen. Toda la cultura ha abundado en ritos fúnebres y tratamiento de los cuerpos: desde las momias egipcias que inmortalizan el cuerpo junto con el nombre, o la religión cristiana que apela a la imaginería para dar cuerpo a un origen que no lo tuvo por medio de representaciones parciales a ser incorporadas en el cuerpo "en el nombre del Padre, del hijo, etc.", gloria y resurrección del cuerpo de Cristo, o la libra de carne judía que hermana cuerpos en el nombre del innombrable, hasta las fosas comunes que soslayan individualidades. Con todo esto, por mencionar sólo algunas peculiaridades religiosas o históricas, se ofrece un tratamiento que muestra la importancia del cuerpo real para lo que atañe al simbólico. Desde la máxima veneración hasta el maltrato más horrendo implican la necesidad de dejar una marca en él. ¿Qué modificaciones produce, y contra qué atenta la medicina de última generación, y no ya sólo en las luchas macro-políticas sino a nivel de lo más privado en cuanto al contacto con la muerte? No atenta contra estos requisitos culturales en lo atinente al entierro de los cuerpos pero sí lo hace respecto a ciertas configuraciones religiosas alrededor de la idea de cuerpo. Pero, además de esto, y fundamentalmente, atenta contra la configuración antropomórfica del imaginario humano. ¿Se propone una suerte de frankesteinismo al servicio de la modernidad en el que lo real - ya anticipado hace rato por la ficción - inunde el imaginario, trastocándolo? Supongo que cuando se inventó la radio, quien oyera esas voces surgiendo de un aparato de madera, bien podría creer estar en presencia de un hecho alucinatorio. Pero, de todos modos, ¿cómo soportará la dialéctica imaginaria, la que se juega entre ese cuerpo fragmentado y esa unicidad corporal, esta invasión de lo real? Hasta el día de la fecha, y en lo que tuve ocasión de enterarme, lo soporta mal, lo soporta unheimlich. No es lo mismo la angustia de la pesadilla o de la fantasía con lo que de real puedan transportar, que el horror que la presencia misma de lo real puede producir. Dije que lo soporta siniestramente, pues en la fantasía se anticipa, por ejemplo, un encuentro callejero con un extraño que porta en su cuerpo un rasgo muy específico de alguien que fue muy cercano. ¿Fantasía del doble, de la resurrección? La fantasía no capta aquello que tiene que ver con lo real del órgano sino en alucinaciones, delirios o fenómenos psicosomáticos. Otro hecho, tal como fue difundido por el periodismo, es el de ese par de cientos de hermanos de semen norteamericanos, productos de la prolífica actividad seminal del ginecólogo especialista en esterilidad que atendía de este modo a las mujeres consultantes, y ellas, sin saberlo. Dejo de lado, aunque no sin una pequeña mención, los alquileres de vientres, las semi-mutaciones a lo Michael Jackson, la espera congelada de Walt Disney, el transexualismo. ¿Producirán estas situaciones una nueva locura moderna en la que S1 y S2 hagan cuerpo entre sí, un cuerpo no precisamente erógeno, y no hagan lugar al fantasma? Pues si entre ellos no existe el intervalo, ¿dónde alojar al sujeto? Tal vez se pueda pensar que esta nueva religión moderna le resta espacio en el Ideal a la tradición judeocristiana, tan encarnada en nosotros. En sus antípodas aparece la resistencia musulmana. En su línea de avanzada, las experiencias de clonación tan bien mostradas en Parque Jurásico. ¿No son demasiados excesos? Si la castración aparece de tal modo amenazada, es lógico temerle a la locura. Pero volvamos al resto. El resto no son los restos mortales. Pero los restos mortales son necesarios para dar lugar a la producción que implica un duelo, esto es, la producción de un resto. Sin ellos, no hay muerte ni muerto. Sin ellos, sólo puede haber desaparición y, por ende, espera de un posible reencuentro. Nuestra historia reciente da buena cuenta de ello. Sabemos que no impera la misma concepción de la muerte en el campo médico que en el psicoanalítico, ya que se trata de dos territorios diferentes. También podemos constatar cómo el progreso científico ha cambiado la relación del médico con quien porta un cuerpo sufriente. No se trata de desestimar los avances en el campo de la ciencia. Pero cuando el manipuleo de los cuerpos en la frontera entre vida y muerte sólo está al servicio de la ciencia o de la utilidad, casi siempre se olvida la subjetividad. Un joven, sensible y prudente, comentó al respecto: "¿¡Qué loco, no!?, antes, cuando la gente se moría, se moría". La subjetividad resiste a la desmesura. Me parece prematuro calcular qué tipo de locura o de acostumbramiento, que viene a ser casi lo mismo, producirá esta tecnología de avanzada cuya función es la de estar al servicio del hombre. Pero sería auspicioso poder esperar que el avance de la medicina, de la tecnología, no nos deje a todos nosotros, sus beneficiarios, sumidos en una angustia sin texto.
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