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José Saramago en México. Una nueva geografía: de Chiapas a la novela.
Autor: Marcelo Turdó
Email: autores@psyche-navegante.com
El novelista portugués José Saramago, autor de bellas novelas, fue invitado a la Feria del Libro realizada en México. El gobierno amenazó, a través de la prensa, silenciarlo y prohibirle su ingreso al país si no acotaba sus declaraciones a lo específicamente literario. Finalmente, habló de Chiapas, con la prensa y con el secretario de gobernación, y sobre su última novela: "Todos los nombres". Sus lectores y auditores llenaron decenas de aulas del Colegio Nacional para seguir su conferencia transmitida por pantallas de TV.
(México DF) La anunciada visita del escritor portugués José Saramago a la ciudad de México, en marzo de este año, tuvo como protagonista al gobierno de ese país cuando un vocero oficial le advirtió al novelista radicado en las "tierras" volcánicas de Lanzarote, España: «que se limite a hablar sobre cuestiones específicas de literatura.» Y agregó después: «Mientras [José Saramago] se mantenga dentro de las leyes de México, tierra en la que responderá muchas preguntas, no tendrá problemas.»
Cuando transcendió que Saramago iba a viajar a Chiapas comenzaron las amenazas contra el novelista. En aquel estado, en Acteal, en la víspera navideña del '97, un comando paramilitar masacró, durante una misa, a 45 indígenas simpatizantes del EZLN. Y según el gobierno del PRI, allí se cumple la pacificación del Pacto de San Andrés, según el cual, el tercio del ejército de ese país apostado en la selva no debe de agredir ni amenazar a los habitantes de esas tierras. Por lo tanto debe retirarse.
Ya suman doscientos los observadores internacionales deportados por la policía. El gobierno dice que un europeo no conoce la problemática indígena. El temor, entendido como peligro, radica en la transmisión al mundo sobre el «estado de Chiapas» que todo europeo pueda realizar.
El PRD, partido opositor al presidente Zedillo, del PRI, gobierna la ciudad del DF. (Algo así como sucede en nuestro país con la Alianza y el PJ.) Recogiendo algunos reclamos del pueblo indígena de Chiapas, se opone a firmar cualquier programa de pacificación sin garantías de cumplimiento por parte del gobierno nacional. Aun el historiador Enrique Krauze, uno de sus principales dirigentes, en un reportaje al diario español EL PAIS, dijo, con la preocupación de quien intenta contrarrestar las simpatías que los intelectuales europeos tienen con los indígenas de Chiapas: «En un país con una gran crisis social el problema no es indígena sino social.» Para él y sus sectores, esta simpatía con el EZLN del subcomandante Marcos puede resultar peligrosa tanto para Europa como para México, ya que su «ideología puede interpretarse como una invitación a que otros grupos indígenas se levanten en armas.»
El autor de El Evangelio Según Jesucristo, luego de su visita a Chiapas, concedió reportajes a los medios y a la TV. Saramago conoce de medios, ya que escribió en periódicos durante muchos años, hasta hace unos 15 años cuando empiezan a tener éxito algunas de sus novelas. Habló de Chiapas, de la guerra, y de la censura.
Dijo de Chiapas: «nunca, aún cuando como escritor imagino cosas terribles, he creído que podía vivir así un pueblo. Vivir unos días con ellos no son suficientes para conocer esa cultura, que es otra.»
Dijo de la guerra: «cuando un bando es un ejército paramilitar, [denominado Paz y Justicia], protegido por las fuerzas armadas regulares, y amenaza con un arsenal al otro bando, que es un pueblo indígena, gente que no tiene ni agua para beber, eso, eso no es una guerra. En los días que estuve en Chiapas hubo tiros.»
Y sobre la censura dijo: «Sólo soy escritor y no puedo opinar. Ningún extranjero puede tener injerencia en asuntos de una región que no sea la propia. El problema es cuando solamente el FMI puede hacer injerencia económica en la política de un país sin ofender ninguna ley. Y eso es injusto.»
FERIA DEL LIBRO
En la XIX Feria Internacional del Libro, José Saramago ofreció una conferencia en el marco del XIV Festival Histórico de la Ciudad de México.
Don José Saramago llegó al salón del Colegio Nacional y fue bienvenido por el numeroso público que asistió para escucharlo. Los lectores de El Año de la Muerte de Ricardo Reis, Manual de Pintura y Caligrafía, Ensayo Sobre la Ceguera, Cuadernos de Lanzarote, entre otros, se hicieron presentes con algún libro suyo entre las manos para recibir un autógrafo del escritor nacido en 1922.
El presentador de la conferencia de Saramago, tras la lectura de la última novela del portugués, -la primera edición se agotó a los dos meses-, aseguró que en ella el autor nos dice que «nada en la vida tiene sentido.» Y la frase es una cita del propio texto, pronunciada por el único protagonista con nombre de su última novela Todos los Nombres, Don José -al que todos llaman «Don». El murmura esos versos frente al recuerdo doloroso de su imagen envejecida, pero su voz expresa mucho más que la simple opinión del crítico -y también otras cosas.
¿Cuál será la teoría que sostiene la credulidad que confunde las voces de los protagonistas de la novela con las del autor -y con las de José Saramago, aunque exista la autobiografía?
Un día, como todos los otros, Don José tiene entre sus manos la ficha de una mujer, maestra, empleada como él. Como si la elección de ese nombre hubiera sido por azar, irrumpe en las calles de una antigua ciudad para coleccionar las casualidades del nombre de esa mujer, procurando colmar con fechas muertas el ser de ese nombre; rompe, obsesiva e inesperadamente como nos cuenta el autor, con la prisión mecánica de la Conservaduría del Registro Civil, sitio donde su trabajo, como el de todos sus escribientes, consiste en archivar todos los nombres, todas las cifras de las personas que nacen y mueren.
Es otro amor; y sus nuevas aventuras empiezan a gozar de un espíritu realmente aventurero. En la narración de la novela, Saramago -o quien obra de autor-, nos recuerda un dicho: «la fortuna protege a los audaces». En cada infortunio de sus caídas, Don José mantiene el don de aquella metáfora popular del «Soplo Divino» cuando nos quiere transmitir el tiempo del verbo que empuja al ser. La simpática fortuna que protege su audacia hacia el encuentro con la mujer nombrada, le resta valor al "lento suicidarse de todos" nietzscheano -costumbre subordinada por el amor al Estado.
Un trágico final es el desenlace de la novela cuando todavía la buscaba y, enamorado de un nombre, fue a buscar a la «casa de la mujer desconocida una carta, un diario, un simple papel donde cupiese el desahogo, el grito, el no puedo más.» El grito es un dolor. Fue a oír la voz del nombre que ya nunca encontraría, fue a oír la voz que ya nunca dirá la incomodidad sufrida por el nombre. Las cosas no se quejan de sus nombres.
Don José, quien no hace sino obedecer y venerar todo el tiempo las órdenes del Conservador, dejó entrar luz en la oscuridad del archivo de los muertos. Con ese amor fuera de cálculo, Don José cambia, sin quererlo y sin saberlo, el sentido a su destino, segundo momento de la novela. El amo siempre sabe hacerse amar -aún en los actos «transgresores» del escribiente. Como dice Saramago entre la narración: «su espíritu metódico se siente libre obedeciendo» -primer momento de la historia.
Cuando tomó la palabra, finalmente cedida, José Saramago abrió su comunicación con una pregunta, no sin tonos y gestos de dudosa expresión: «¿Una nueva geografía de la novela?»
Errando de ojal el botón, estiró su saco interrogando el acto mismo de la escritura, procurando representar en ella la memoria. Con el mismo estilo que se desliza de los versos leídos en sus novelas (abiertos a otras voces, otras escenas y otros lugares por donde, sea Jesús o Don José, sus protagonistas y antagonistas se encuentran en la intimidad fantasmagórica de un diálogo mudo y ya perdido), dijo: «Abordar un texto literario presupone una cierta incomodidad de espíritu.»
Infructuoso es el vano intento de acomodación y Saramago lo sabe. No existe comodidad entre la escritura y el escritor, no existe acomodación entre el escrito y el lector, no hay, entre el escritor y el lector, un espíritu que se acomode fácilmente. Pero se puede producir una operación nueva hasta ese momento: el desfase, el pasaje del texto, mediante esa especie de puente que es la lectura, hacia otra escritura, cuyo agente es esa nueva cifra devenida tras la aufgheben de la lectura: el sujeto entre dos escrituras.
«El escritor», dijo Saramago, «igual que el pintor o el músico, va borrando los rastros que dejó; razón por la que el lector tendrá que abrir una ruta, una huella que jamás coincidirá con la del escritor». Y agregó: «Serán otras dudas, otras pausas, otras hipótesis.»
José Saramago escribe un lenguaje que podría entenderse como invadido por un sinsentido, una polifonía de sentidos en el umbral del silencio del lector. El silencio bajo las palabras de Saramago es atento y escucha, lee, dialoga, olvida pero se graba.
En la conferencia, el novelista hizo alusión al sentido de la novela, de la ilusión de ilustrar con una-versión, única y universal. Si la lectura totalizadora no logra darle un sentido acabado al texto, es, para Saramago, porque sólo «agregaría un nuevo sentido, pero obligaría a una nueva lectura.»
Cortázar definió de una manera poco feliz, en Rayuela, el lector al que tenía como interlocutor. Separó por una lado el lector hembra y el lector macho. Dejó la posición activa para el macho, haciendo alboroto. La narrativa de Saramago está dirigida hacia un lector con empuje. «Todo lector es Sísifo, mueve sentidos, no un sentido.» «El lector sólo puede interrogar el texto». Con sus preguntas y su búsqueda, «al leer, está tratando de leer a un novelista.»
Tras la exitosa novela sobre Jesús, Saramago produce un viraje en su narrativa intentando romper con el rótulo aplicado de novelista histórico. La historia le sirve para ir más allá.
El escritor, inesperado cómplice de la creación, es quien elige y toma prestadas las voces improvisadas por una memoria, materializada en la historia hecha de intérpretes y tiempo, que no se reduce al quimismo neuronal sino a la facilitación lógica del lenguaje, arbitrario e intemporal, y a la materialidad significante del autor.
«El autor de textos históricos», como algunos lo nombran, introduce en la escritura de la historia, el puente de la lectura realizada. Ofrece dos escrituras. «El Evangelio... y El cerco de Lisboa testimonian que mis textos están basados en la historia y en lo material de esa historia; pero siempre es importante saber cómo me ubico frente a la historia. Yo intento inscribir mi recuerdo privado y la comprensión de lo que el tiempo es. La creación literaria es como un intento de explicación del universo. Ella está en un plano oblicuo y va hacia atrás; a veces los movimientos coinciden en el mismo plano; son momentos, hechos, dibujos inscritos en diferentes épocas, pero en una misma pantalla. Es la coincidencia del Hombre de Neanderthal y Einstein, la Divina Comedia y Auschwitz, Don Quijote y Fernando Pessoa. En la escritura, la historia más importante no está constituida de personajes y técnica; es fruto de escribir historias y fingimientos. La novela es imposible en sus formas. Nunca seremos más que la memoria que tenemos, y esa es la única historia que podemos contar.»
Y contó una historia que le ocurrió hace algunos años. Un día recordó un verso que le gustaba, pero no al autor. El verso recordado decía: «Somos cuentos, cuentos, contamos cuentos, nada». Durante mucho tiempo la buscó y primero lo hizo donde con certeza sabía que la encontraría: Cervantes. Poco convencido de la desmentida, confirmó que no fue el autor de El Quijote quien escribió aquellos versos. Luego, con la memoria recobrada y con la misma certeza que antes, recordó dos nombres: Shakespeare el autor y la obra Macbeth. Pero tampoco allí la encontró. Consultó con amigos y pronto armó un equipo de rescate del autor olvidado. Nadie encontró los versos. Luego de unos años, cuando todos renunciaron a su empresa, viajando por Francia leyó en el periódico Liberation, los versos que ya no buscaba. La sorpresa fue doble: en primer lugar porque había una pequeña diferencia con los versos escritos: «Somos cuentos, contando cuentos, nada.» Y la segunda sorpresa fue descubrir al autor: él mismo lo era.
Saramago cree en verdad que de los dos, expresan más fuerza los recordados por su memoria, ese texto que escribe la lectura del recuerdo, la lectura de otra escritura. «Los versos falsos de mi memoria dicen más. Ahora sólo tengo que esperar que la memoria venga a añadir lo que olvidé. La memoria es un testamento infinito. Somos cuentos, cuentos, contamos cuentos, nada. Nunca seremos más que eso, seres hechos de palabras y no más que eso.»
Marcelo Turdó
18-3-98