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La Opereta de Dolina

Autor: Sergio Rodríguez (otro corroborador)
Email: sergioro@cvtci.com.ar

Sergio_rodriguez.gif (13505 bytes)Aquellos lectores que ya nos conocen, tal vez esperaban para esta página de última hora que habláramos de los bombardeos yankis a Irak, o del impeachment al presidente norteamericano por abuso de cigarrillos en el mejor lugar (el oval) en el peor momento –horario de trabajo. O de los vaivenes re- eleccionistas de nuestro presidente. O del tembladeral económico brasilero y de sus consecuencias para el consorcio mercosul. O de los últimos generales o capitanes de navío que fueron presos en la argentina por el robo de niños, o de la continuidad de la zaga Pinocho.

Pues bien, esta vez no nos ocuparemos de nada de eso, sino de algo verdaderamente trascendental. Sabemos -las batallas, no muchos años después de ocurridas, se transforman en nombres de calles, mientras se pierde su recuerdo. Los dramas de la historia, en páginas leídas por obligación por los estudiantes secundarios. En cambio las obras de arte, las verdaderas, trascienden los siglos y la gente las canta, las recuerda, las lee, las relee y en ellas se vuelve a encontrar. Y los psicoanalistas, abrevamos en las mismas para entender algo, de eso tan difícil que es la vida.

Por eso, para nosotros este mes la noticia de última hora es la aparición de Lo que me costó el amor de Laura, opereta criolla con letra y música de Alejandro Dolina.

El que firma este artículo cree que nos hallamos frente a un verdadero acontecimiento artístico argentino. Sorprende su música, su letra, su concepción y la efectivización de su producción. La que comprende particularmente la elección de voces, músicos y actores, no sólo por su idoneidad, sino también por lo que sus imágenes y trayectorias representan en esta parte del siglo en nuestro querido país, a partir de lo que adquieren funcionalidad en la obra. Con todo eso, Dolina logra una de las cosas más difíciles, hacer amor verdadero -con el amor.

Es un auténtico producto criollo, o sea de un hijo de esta tierra. Se notan en él restos imperceptibles pero vigentes de sus aborígenes, de los negros diezmados en las guerras de la independencia y en la aventura genocida y fratricida de la guerra contra el Paraguay, de los españoles conquistadores, y de los que expulsados de su tierra por la miseria y la guerra civil recalaron aquí. De los italianos inmigrantes, de los centroeuropeos judíos y no judíos corridos por hambrunas, pestes y guerras. Y de los paraguayos, los uruguayos, los bolivianos, mudados a la tierra de promisión que promete el preámbulo de nuestra Constitución Nacional. Tramados en el pentagrama de la música sinfónica, los mismos aparecen a través de diversos géneros musicales que evocan desde los cánticos de cancha pasando por los de murga, de diversos aires folklóricos (incluidas las resonancias del tango) hasta la bella obertura en la que resuena ese feroz y feraz combinado étnico que somos los argentinos.

La vivencia que guía toda la obra es que la llave del amor hay que ir a buscarla al barrio del dolor, en la calle de la desesperación, de donde nunca se volverá y que para encontrarlas, habrá que ir pagando con años de vida, hasta que en el encuentro final se descubra que la amada es la muerte.

En el camino, la nube de la duda, las otras –que son todas las mismas, menos una; la elusividad de Ella, la fugacidad del tiempo, las equivocaciones, las traiciones, la esclavitud del seductor a su vicio, van dificultando el camino que según la Pitonisa es lo único que hay, y no caminante. A lo que Manuel, más del lado de Antonio Machado le responde: Pero hay una senda /que no está trazada. /La huella escondida, Vidalitá /que el amor señala. Para confluir con la Pitonisa en que: Nadie pierde el rumbo /que nunca ha tenido. /Todo caminante, Vidalitá /tan sólo es camino.

Podríamos decir mucho más de lo que dicen las letras de esta bella opereta, pero sería privar a nuestros lectores de la magia de la sorpresa, uno de los mas deliciosos manjares de arte. Sólo quiero agregar que es una verdadera fuente de sabiduría sobre el amor, que sólo pudo haberla producida quien sabe degustar hasta el final ese cóctel explosivo de placeres y sufrimientos que es el amor.

No es menor, todo lo contrario, el fino y filoso humor que puebla todo el texto, con golpes de ingenio, a veces propios, a veces robados como homenaje a sus verdaderos autores, muchos de ellos -como Les Luthiers- presentes en la ejecución de la obra.

Voces como las de nuestro catalán Antonio Serrat, la de Sandro (magistral) la de nuestra entrañable negra Sosa, Baglietto, los Huanca Huá, las fugaces entradas del mozo Ernesto Sábato a quien Dolina le hace el homenaje de sacarlo de la posición pontificadora en que habitualmente lo coloca el área cholula del periodismo o la dirigencia light del actual movimiento estudiantil, le dieron el tono imprescindible a esta obra, a la vez que existencia a un Olimpo que parecía imposible de reunir, el de una parte importante de los artistas argentinos.

Freud descubrió la existencia del Inconsciente y las posibilidades de estructurar una práctica que colaborara con los humanos para arreglárselas lo mejor posible y según la singularidad de cada uno con los dolores y las dichas de la vida, cuando captó que las señales de la huella escondida se las puede encontrar en lo que hasta ese entonces la humanidad consideraba desperdicios molestos: equivocaciones y actos fallidos. Lo que le permitió leer y escuchar de otra manera a los sueños y los golpes de humor y de ingenio. De ahí a captar que lo que la humanidad acumulaba como sabiduría sobre su doloroso caminar, estaba en el arte, había un solo paso que también supo dar.

Dolina hizo un nuevo aporte a ese tesoro común. Por eso: ¡Gracias Negro!

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